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Las dulzuras del limbo, de Juan Antonio Rosado. 108 págs.
 

Juan Antonio Rosado: Las dulzuras del limbo

Armando Pereira

Hace un par de años, con ocasión de la publicación de El presidente y El caudillo, yo señalaba una serie de características de su autor, es decir, Juan Antonio Rosado, que lo convertían en un sólido y convincente ensayista. Entre ellas está su exhaustividad en la investigación, su minuciosidad en el análisis y un afán de totalización del objeto estudiado, todo ello acompañado de una prosa rica, compleja y siempre estimulante. Libros como En busca de lo absoluto(2000), Bandidos, héroes y corruptos o nunca es bueno robar una miseria (2001), El presidente y el caudillo (2001) y El engaño colorido(2003) están ahí para corroborarlo. En todos ellos se evidencia una personalidad obsesivo-compulsiva, que nadie que conozca a Juan Antonio se atrevería seriamente a negar, y que es la que le ha permitido agotar su campo de estudio sin dejar un solo resquicio fuera de su incisiva mirada de ensayista.
        Cuando una fría tarde de noviembre, envuelto en abrigos y bufandas, llevó a mi casa Las dulzuras del limbo, su primer libro de cuentos, en una hermosa y cuidada edición de Editorial Praxis, traté de imaginar, antes de empezar a leerlo, lo que sería esa prosa exhaustiva y minuciosa, pero también tensa y a veces ríspida, en un cuento. Y me alarmé. No me resultaba nada fácil imaginar sus cuentos a través de sus ensayos. A menos de que sus cuentos no fueran sino la ilustración de una idea, llenos de glosas y de citas al pie de página. Afortunadamente, me bastó comenzar a leer el primer relato para darme cuenta que aquí se trataba de otra cosa. En Las dulzuras del limbo, la prosa de Juan Antonio Rosado se relaja, se distiende, con la flexibilidad del acróbata de uno de sus cuentos, para incursionar en zonas o registros distintos, siempre de acuerdo con la materia que trata.
        Ante todo habría que comenzar diciendo que este primer libro de cuentos de Rosado no guarda una unidad temática esencial. El lector acostumbrado a encontrar una línea argumental o estilística que conecte a unos cuentos con otros —la literatura fantástica en Cortázar o Borges, el realismo mágico en García Márquez, por ejemplo—, se sentirá profundamente defraudado. En el libro de Juan Antonio ocurre lo contrario: en su diversidad está su fuerza. El lector nunca sabe, ni logra imaginar, el cuento que vendrá después del que ha leído. Y esa incertidumbre y desconcierto son los que estimulan la lectura hasta la última página. Si un cuento como «Las luces opacas» opera en un registro fantástico, «Florido laude», en cambio, podría figurar con plenos derechos en una antología de ciencia ficción; «Destino de átomos», por su parte, incursiona en la literatura del absurdo, y cuentos como «Higiénica entrega», «El nombre en el espejo» o «Las dulzuras del limbo», este último que da título al libro, exploran un erotismo que debe mucho a Juan García Ponce, un autor al que Juan Antonio Rosado ha dedicado un excelente estudio todavía inédito que espero pronto se vea publicado.
        Creo, como decía antes, que en esta diversidad de registros habita la fuerza de Las dulzuras del limbo, pues en ella el lector podrá encontrar una serie de conductas textuales —el amor, el humor, la parodia, la sensualidad, la intriga, la metafísica— que hacen de la lectura una experiencia siempre distinta y reveladora. Pero si el lector todavía insistiera en encontrar un cierta unidad en este libro, que se le oculta en los temas e incluso en el tratamiento de los temas, sólo podrá encontrarla en la escritura misma, en las cualidades que caracterizan a esa escritura; sólida y al mismo tiempo sutil, segura de sus propios recursos (que son muchos), siempre convincente por su flexibilidad para adaptarse al asunto que trata y, sobre todo, sin transigir nunca con las espurias modas del mercado.
        Son estas las razones que me permiten pensar que si Juan Antonio Rosado, con sus libros anteriores, había alcanzado un lugar destacado en la ensayística mexicana, Las dulzuras del limbo, su primer libro de cuentos, no pasará desapercibido al lector ni a la crítica, pues anuncia a un escritor en pleno dominio de sus recursos, que sin duda tendrá mucho que decir en el actual panorama de la literatura mexicana.

 


José Francisco Mendoza

Un intento de caracterización global de los nueve cuentos que componen el libro Las dulzuras del Limbo (Editorial Praxis, 2003), de Juan Antonio Rosado, podría quedar en estos términos: son historias desarrolladas en espacios urbanos o en sus proximidades, donde actúan seres frustrados o consumidos por la rutina, los cuales, en la mayoría de los casos, encuentran en las relaciones sexuales un paliativo, un escape o una forma de sobrevivir.
        El gran escenario, la pista o la pasarela donde estos seres destrozados por la rutina duerme, deambula, trabaja, estudia, come, se enamora y copula es la ciudad de México y su zona metropolitana. Hay más de una referencia: San Ángel, Plaza San Jacinto, La Merced, Glorieta del Metro Insurgentes, el periférico, carretera Naucalpan-Toluca, Cuatro Caminos, Vía Gustavo Baz, San Rafael y las calles Neutrón, Electrón y Protón del Parque Industrial Naucalpan, donde se ubica la fábrica a la que fueron a buscar trabajo los dos protagonistas de la magistral narración «Destino de átomos». Es la ciudad de México actual y la del futuro, sin el Xochimilco de canales y flores, en la extravagante historia de ciencia ficción «Florido Laude».
        En cuatro de los cuentos, el espacio adquiere relevancia y carácter imprescindible. En «Las luces opacas», las protagonistas pasan de una zona más o menos familiar de matorrales y arbustos amarillentos a otra indefinida e incierta, como su destino. En «Vuelta de paseo», la parte superior de la barda que circunda la azotea de un alto edificio se convierte en el punto desde el cual un oficinista que quiso ser actor provoca asombro y curiosidad. En un fétido y deprimente cuarto de hotel de paso, la prostituta adolescente de «El nombre en el espejo» tiene que tolerar una y otra vez a clientes impotentes, morosos e insolventes. En ese lugar es también donde la intentan acuchillar, donde ella mata y donde, al parecer, piensa seguir representando el mismo papel.
        Una colonia de la zona metropolitana del Distrito Federal, por carecer de señalamientos que permitan entrar a ella, recorrerla y abandonarla, se convierte en la trampa que, en «Destino de átomos», retiene a dos vacacionistas ansiosos de llegar a sus casas.
        En cuanto a los actores, llama la atención que en tres cuentos sean hombres dedicados a labores de oficina y con un fracaso en su vida matrimonial a cuestas. Una misma situación existencial, tres diferentes salidas: uno entabla una relación con una prostituta y la continúa con otra al ser abandonado; ha escogido ir de prostituta en prostituta. Otro, luego de ser abandonado por su amante, recurre al absurdo de exhibirse desde la azotea de un edificio para llenar su hueco existencial. Al tercero le llega un remedio inesperado: una novia de juventud lo invita a participar de una manera muy peculiar en una relación lésbica.
        Los restantes protagonistas no coinciden ni en circunstancias vitales ni en formas de responder a ellas. Por ejemplo, Alma, de «Florido Laude», movida por su amor patológico hacia las plantas, se hace un transplante vegetal de cabeza. Claudia, de «Revelación», a disgusto con todo y con todos, se va de viaje y reanuda la escritura de su diario.
        Excepto las narraciones «Las luces opacas» y «Florido Laude», las restantes siete quedan hermanadas por la alusión al acto sexual o su descripción sucinta o detallada. En una presentación amarillista podría decir que al hojear el libro se oyen jadeos, gemidos y suspiros, o que al voltear cada hoja para continuar con la lectura, la división a la mitad del libro, que separa una y otra nueva página, se transforma momentáneamente en la raya vaginal o en la que divide a los traseros. También podría decir, hablando en el mismo color, que de varias páginas escurre sudor y semen.
        Podría también examinar el carácter erótico de estos pasajes, es decir, la manera artística como se presentan. Sin embargo, lo que voy a hacer es resaltar su carácter de acontecimientos, de acciones trascendentales que inician, mantienen o concluyen la historia que se está contando.
        Tanto en «Higiénica entrega» como en «Vuelta de paseo», los dos oficinistas hacen del coito diario —uno con su amante y el otro con una prostituta—, el sustento para vivir. En cambio, para la prostituta de «El nombre en el espejo», los múltiples coitos cotidianos son lo que la ayuda a sobrevivir.
        En «Revelación», el haber hecho el amor Claudia con Rolfo «como perros en celo» sirve como catalizador para que ella abandone su actitud abúlica, apática y de desgano, y tome las riendas de su aburrida vida. En «Destino de átomos», el predecible acostón que tienen los protagonistas (uno con Amanda y el otro con Vicky) el mismo día en que las conocen, cambia radicalmente la ruta vital por la que hasta entonces transitaban:

 

Cuando Amanda propuso que fuéramos a su casa, sentí en todo mi ser —y pienso que mi amigo también— una abrupta y salvaje conmoción. No sólo se trataba de la paulatina depauperación que implicaba nuestra nueva circunstancia, sino de una transformación total: convertirse en otros. Fue un sentimiento envolvente del que sólo quise ser llevado por inercia hasta la sorpresa que nos depararían las insalvables consecuencias. El tónico del amor fue consumiendo la neurosis, mientras que el tiempo consumaba la costumbre (p. 95)

 

        En este terreno de las relaciones que unen historias, hay que destacar similitudes y diferencias entre cuatro cuentos. Tanto en «Las luces opacas» como en «Destino de átomos», los protagonistas regresan de un viaje e inesperadamente quedan atrapados. Mientras que en «Las luces opacas» las protagonistas se extravían en una zona no muy bien identificada y su futuro es incierto, en «Destino de átomos» el espacio es identificable y los protagonistas pueden manipular su futuro, excepto en lo concerniente a salir del lugar.
        En el caso de «Higiénica entrega» y de «El nombre en el espejo», actúan prostitutas con nombres falsos. Si en la primera historia la prostituta cuenta con un cliente de planta al cual abandona, por lo que es sustituida, en «El nombre en el espejo», los clientes son de entrada por salida. Al dejarla tras la consumación del acto, ella tiene que buscar otros. Cuando mata a uno, se ve obligada a cambiar de nombre y de lugar de operaciones para seguir consiguiendo clientela.
        En conclusión, Las dulzuras del Limbo es trabajo de un profesional, no de un aficionado entusiasta. Juan Antonio Rosado refrenda, ahora en narrativa, la capacidad mostrada en obras anteriores. Desde los primeros párrafos de estos cuentos, el lector advertirá el conocimiento y dominio que posee Juan Antonio tanto de las estructuras literarias como de las sintácticas. La muestra más depurada de este dominio es «El nombre en el espejo», cuento construido predominantemente a base de oraciones simples coordinadas, yuxtapuestas o independientes, frases nominales de extensión variable, estilo indirecto libre, oraciones subordinadas de infinitivo sin la subordinante y frases en que se juega con el significado. Cierro el presente texto con un párrafo de «El nombre en el espejo»:

Otra masa sudorosa, tan impersonal como todas, dirige su deseo con el ¿cuánto? en los dientes y el bulto entre las piernas. Una vez más la súplica de pagar al final, pero con la tenaz terquedad de ver y tocar esos senos escondidos, al parecer prominentes. La súplica sólo resonó dos veces. Retirar el sostén y oler la decepción lechosa, los pezones negros, turgentes, estropeados... Siempre es difícil en épocas de lactancia. No hay tiempo para descansar. El niño. La criada que lo cuida... ¿Cuándo acabará esta masa? Quizá cuando la conciencia de Estela haya despertado sobre la breve compañía del novio, las represiones de la madre alcoholizada y los abusos sexuales del padre. Pero el hombre tarda. La ha cambiado de posición cuatro veces. Por atrás, como una esfinge con el pecho sobre la cama y las nalgas paradas. Por arriba. Por abajo. De lado. Dura sequedad burlada por el fluido artificial de aquel envase de plástico sobre la mesita de madera. Si no se viene, que se vaya. Es difícil abstraerse de los tres colores: leche, sangre y semen. El enojo en el semblante colorado y la violenta negativa de pagar. ¿Dinero? ¿Cuál dinero, mi amor? ¡Si no ha pasado nada! Eres mala, mala. Me recuerdas a una muñeca de hule sin vagina vibradora. Eres mala. Un absoluto cinismo. Nunca antes nadie se había rehusado, a pesar de los persistentes fluidos de este cuerpo sin cuerpo. ¿Cómo proteger su trabajo? ¿Qué importa el bebé de la puta envuelta en un caos de líquidos, en una eterna menstruación que desde hace varias semanas la desconcierta porque no la puede explicar?

 



Cecilia Urbina

Me imagino que el cuento nació el día que un hombre de las cavernas acudió a su imaginación para transformar una anécdota común en algo digno de relatar.Podemos ver laescena; el grupo acuclillado en círculo, el hombre de pie frente al fuego cuya luz acentúa y dramatiza sus rasgos; detrás de él, las sombras como un telón de misterio. Este personaje, quizá un poco actor, un poco dilettante, empieza a describir con detalle la salida en la madrugada, la neblina, los pasos escurridizos de los animales entre la maleza, la ola de pánico al oír un ruido mayor, los latidos del corazón que se aceleran ante la cercanía de la presa. De la oscuridad, sus palabras conjuran paisaje, sonido, sensaciones; los rostros expectantes del público, las miradas atentas, lo estimulan a ser cada vez más creativo, a construir un escenario que poco a poco deja atrás la realidad y se convierte en ficción. El hecho es fidedigno: hubo una búsqueda, un encuentro y una muerte. Pero cada huella sobre la tierra húmeda, cada tallo roto, se convierten en materia de deducción; cada murmullo, en amenaza. La víctima no es un pobre roedor amedrentado, sino una bestia potencialmente mortal. Y la aventura no se resuelve con un mazazo y un grito, se alarga, involucra una lucha sorda, peligro, el esfuerzo valeroso para sobreponerse al adversario. La evidencia, el escuálido animalejo que se dora sobre las brasas, ya no tiene importancia: la imaginación lo ha convertido en un gran trofeo. Todos se retiran a sus cuevas, hambrientos, pero con un suspiro de añoranza; esa noche han atisbado las posibilidades de lo heroico. El relator ha construido una imagen; ha nacido el cuento. Si la presa hubiera sido un mamut, habría nacido la epopeya.
        Todos inventamos cuentos. Es irresistible magnificar la dimensión de lo cotidiano con un poco de fantasía. Sólo que, como decían las abuelas, a las palabras se las lleva el viento y lo que queda es una bien ganada fama de divertido...o de mentiroso. El siguiente paso, también irresistible para algunos, es más arduo. Nuestro hipotético hombre de las cavernas, dado el éxito obtenido con su relato, cayó quizá en la tentación de plasmarlo para la posteridad y lo convirtió en pintura rupestre. Y encontró otros problemas: ¿cómo se dibuja la neblina? ¿Cómo se reproduce lo ominoso del sonido con trazos y color? ¿Puede alguien, verosímilmente, matar a una fiera con un garrote? Tal vez se conformó con representar algo más cercano a la realidad, y decidió esperar la palabra escrita para alcanzar los anhelos de su imaginación...
        La incógnita sigue presente. Dice Michael Cunningham en Las horas, «el libro que uno tiene en la mente es siempre mejor que el que logra plasmar en el papel» (1). Cuando se escribe una novela, se tiene a favor el proceso en el tiempo. Lo hay para edificar un andamiaje, para construir personajes, situaciones. El cuento es categórico. Apenas arranca y el final se vislumbra ya en el horizonte. Los más exigentes se adhieren a las reglas de la tragedia griega: unidad de tiempo, de lugar y de acción. La libertad con la que nació, la que le dieron Chaucer o Bocaccio, fue supeditándose a ciertas estructuras; durante una época debió obedecer reglas, el final sorpresivo, la vuelta de tuerca. Otros grandes cuentistas como Chejov, Maugham o Katherine Mansfield lo llevan a territorios más amplios, borran los límites y le dan alas para volar hasta nosotros. Hoy, como dice el crítico Jerome Stern, «un cuento es lo que le sucede al lector».
        Si la novela muestra el desarrollo de los personajes como resultado de la acción, el cuento tiende a revelarlos a través de la misma: su propósito se cumple, entonces, cuando el lector descubre la verdadera naturaleza del personaje.
        ¿Qué regiones del vasto territorio del cuento explora Juan Antonio Rosado en Las dulzuras del limbo? El concepto de tiempo: tiempo suspendido, en «Luces opacas», tiempo futurista en «Florido Laude», tiempo literario circular en la técnica que utiliza a veces de empezar por el final y partir de ahí para desarrollar la historia y culminarla en el punto de inicio. Una herramienta que parecería renunciar al elemento suspenso —y por lo tanto al tradicional de vuelta de tuerca o final sorpresivo—, que transmuta las premisas y se centra en el cómo y el porqué. En el primer cuento del volumen, «Luces opacas», una circunstancia menor, la terquedad de una de las pasajeras en obligar a sus compañeras a detener el auto en una carretera en medio de la noche, detona una alucinante experiencia donde el tiempo, como decíamos, se suspende y se instala en una dimensión alternativa que devora a las protagonistas y las hunde en el horror. El horror más efectivo de la literatura: el que no tiene nombre ni causa, el que no comprendemos y espor esotanto más aterrador. La mujer que desciende del auto se pierde y origina una búsqueda sin destino, solo para regresar, otra, fantasmal, y guiar a las demás «en medio de un paisaje lunar, lleno de rocas...». ¿A dónde? Solo el grito repetitivo, «¿cuánto falta?, ¿cuánto falta?»(2) evidencia la angustia de las que la siguen. «Falta mucho más», responde siempre. ¿Para qué?, ¿para llegar a dónde? Son las preguntas que nadie hace y que le quedan al lector.
        «Florido Laude» sucede en un futuro indeterminado, donde «los viejos viveros mexicanos... sólo subsisten como réplicas de plástico en los museos ecológicos» y «Xochimilco es una colonia industrial donde se elaboran productos enlatados»(3). Si «Luces opacas» evoca el terror de lo desconocido, este cuento es una reflexión sobre la ecología y la genética, enfocadas con una mirada surrealista a un mundo en el que los trasplantes de órganos son usuales y los individuos se construyen un nuevo cuerpo al capricho. «Hay cabezas andróginas, de bebé, de anciano, de cualquier raza o espesor. ¿Qué cabeza preferirías?». Porque también pueden ser de animales, «si quieres parecerte a un dios egipcio con boca y lengua de humano; nariz, ojos, cráneo y orejas de gato, perro, cocodrilo o pájaro»(4). La sorpresa es la elección de la protagonista, en un final que disuelve la historia en la ironía y el sentido del humor.
        Y ese es un elemento notorio en este volumen de cuentos; si el tono es en general sombrío, proclive a explorar las facetas oscuras del ser humano, los destellos de ironía se dan, surgen como un anticlímax que permite aquilatar el drama. Hay un enfoque lúdico a situaciones extremas que en el relato se vuelven cotidianas, como en el cuento «Vuelta de paseo». Describe —y uno quisiera vislumbrar un guiño a otro extranjero al mundo que lo rodea, el de Camus—, un burócrata cuya «vida era sólo una repetición invariable, incompleta, una vuelta en redondo —la expresión círculo vicioso le deprimía— que se burlaba de sus anhelos y decisiones, de su pasajera felicidad»(5). Este hombre encuentra una manera peculiar de estar en paz consigo, de inventar un peligro que le dé visos de aventura a su existencia gris y lo convierta en un espectáculo. Ironía en el final abierto que descalifica el concepto de lo trágico para jugar con las posibilidades del absurdo.
        El erotismo permea las páginas de Rosado. Un erotismo lúdico en el cuento que le da su título al libro, Las dulzuras del limbo; en «Revelación», donde un falso vidente es el detonador del cambio en la vida de la protagonista; en «Prótesis», síntesis de las fantasías y anhelos del hombre frente al cuerpo femenino. Pero un erotismo amargo, desalentador, en los relatos de prostitutas/madres, prostitutas/niñas, habitantes del sórdido universo claustrofóbico de hoteles y callejones, víctimas llevadas al extremo de volverse verdugos. «Higiénica entrega» es un análisis de las posibilidades del amor en circunstancias equívocas y a la vez del egoísmo que niega la identidad y reduce al individuo al anonimato de las máscaras intercambiables. Máscara la que usa el hombre para aproximarse a la prostituta; máscara la de ella que se niega como persona en una transacción forzada. Rostros sin nombre que lo adquieren para acceder a una dimensión donde el sentimiento se hace posible y que, sin embargo, desembocan en la anulación de todo vínculo: «Supuse que hay cosas perfectamente sustituibles y que los cuerpos son una de ellas. Podía sustituir a Clara por otra, más impersonal, más oscura, con la que ya no me involucraría y a la que utilizaría para escapar del tedio. La higiénica impersonalidad, el higiénico anonimato...»(6). Esos cuerpos que en algún momento se intuyeron como pasaporte a una tierra promisoria quedan reducidos de nuevo a esa higiénica impersonalidad, escudo contra el tedio...
        En un volumen de cuentos hay siempre uno que nos llama con la voz entrañable de los buenos amigos; debo añadir que esta preferencia suele no coincidir con ladel autor. En este caso (el caso del libro, y el mío), se trata de «Destino de átomos», una fábula urbana con ecos de Cortázar y Kafka. La premisa es sencilla, un par de amigos que regresan de vacaciones con ese ánimo iluso de los capitalinos que nos empeñamos en ignorar las acechanzas de la ciudad.Su camino se convierte en una pesadilla marcada por la omnipresencia del cadáver de un perro con el que tropiezan una y otra vez:

          La reiteración de esa imagen tan repugnante nos hizo sentir que el tiempo se había detenido, que poco a poco penetrábamos en una dimensión donde todo, incluso la memoria, era el mismo presente puro del instante, presente que anulaba cualquier posibilidad de cambio. Nos sentíamos profundamente abandonados, estancados en un espacio limitado, como si nuestras vidas repentinamente hubieran adoptado una órbita predestinada (7).

        Como satélites fuera de control, giran en las callejuelas, dirigidos por almas bien intencionadas que los envían al laberinto sin un hilo de Ariadna para rescatarlos. Este cuento de Juan Antonio Rosado es un comentario agudo sobre la condición urbana y sobre esa peculiar característica del chilango que se niega a confesarse incompetente y ofrece indicaciones falsas o ambiguas con la mejor de las intenciones; tiene un final desenfadado y divertido, quizá también un merecido guiño a la resistencia del citadino ante las peores adversidades.
        El espectro de anécdotas y emociones que el lector encuentra enLas dulzuras del limbo es amplio. La tensión oscila entre la fantasía, el humor, la mirada compasiva a las herramientas que los individuos inventan para escapar a su desencanto o su impotencia. Para retomar el tema del principio, Juan Antonio Rosado, él sí, descubre en la palabra escrita el instrumento para dibujar la neblina y reproducir el sentido ominoso de los sonidos.
               
                                                                                                                                                                      

(1) Cunningham, Michael, The Hours, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 1998, p. 69
(2) Rosado, Juan Antonio, Las dulzuras del limbo, Ed. Praxis, México, 2003, p. 8 
(3) Ibid, p 12
(4)ibid, p 20,21
(5)ibid, p.34
(6) ibid, p. 28
(7) ibid, p. 88

 


La escritura del limbo

Agustín Cadena

A lo largo de la historia literaria se han distinguido dos clases de escritores: los que trabajan instintivamente, guiados desde una zona muy profunda de su mundo interior, de manera inevitable, a tientas, angustiosamente, como Dostoiewsky y Kafka, y los que trabajan con plena conciencia de sus materiales, sus recursos y sus objetivos, desde la claridad de su conocimiento de la tradición literaria, hermanados al ensayo y al documento filosófico, como Joyce y Sartre.
        Juan Antonio Rosado (México, 1964), como lo anuncia el título de su primer libro de cuentos, Las dulzuras del limbo, es un escritor de esta región incierta y extraña. Por su formación, es alguien que de manera necesaria escribe desde la altura intelectual del erudito; cualquier imputación de inocencia que se le hiciera sería falsa. Un hombre como él no puede no ser absolutamente consciente de todo lo que hay en cada palabra que escribe. No tiene derecho a afirmar que ignora las implicaciones simbólicas, estéticas, éticas, estilísticas, sociológicas y hasta generacionales de sus relatos. No puede mostrarse sorprendido por lo que algún exégeta sagaz llegue a decir de él. Y sin embargo, para fortuna suya y nuestra, hay una parte de su obra que se rebela al creador, que se resiste a ser controlada, manipulada, conducida. Esta parte —molesto apéndice evocador de la barbarie—, que normalmente es amputada por la Academia en todo erudito (como lo fue en Alfonso Reyes y lo ha sido en muchos otros) es el lado indecoroso de la personalidad del creador. Es aquello que a Rosado lo hace lascivo, mórbido, sujeto de las pasiones, impúdico. Y es gracias a lo cual se genera en su obra esa magnífica tensión que lo ha arrojado al limbo de los escritores.
        En efecto, las piezas de Las dulzuras del limbo son producto de un conflicto entre la conciencia y el impulso. No se vaya a entender mal lo que digo: no se trata de la diferencia nietzscheana entre Apolo y Dionisio. No es un asunto de técnica o de procedimiento, sino de perspectiva. Todo escritor es al mismo tiempo su primer lector y su primer crítico. Esta simultaneidad esquizoide de las funciones comunicativas, en una persona sana, en un escritor vital e intenso, da lugar al combate entre la piedra y el cincel, que lleva a la obra maestra. En un académico, la intoxicación teórica inducida en las aulas hace que otras funciones contaminen a aquéllas. De modo que el autor resulta ser no sólo su primer lector y su primer crítico, sino también su primer hermeneuta, su primer ensayista, su primer historiador literario y, en los casos más graves de narcisismo (y vaya que los hay) su primer biógrafo y su primer antologador. En el caso de Juan Antonio Rosado, estas funciones se ven constantemente saboteadas por una narrativa que reclama su autonomía. Quizá por eso el tema más recurrente del libro sea el de la incertidumbre.
        Ciertamente, desde la pieza que abre el volumen, «Las luces opacas» puede el lector constatar la presencia perturbadora de lo liminal. Nada hay claro en esta historia y eso es quizá lo que hace de ella la más intensa y concentrada del libro. Nunca se sabe dónde se encuentran las protagonistas, de dónde vienen, adónde quieren llegar. Es de noche y no se ven bien muchas cosas. Hay luz y no hay luz. Ellas acaban por comprender, como lo harán los personajes de los otros cuentos, que en medio de la incertidumbre lo menos incierto es la acción.
        Algo semejante le sucede al protagonista de «Prótesis», que, ante los impredecibles cambios de ánimo de una mujer, declara: «Es una chava bien rara; no sé cómo tratarla». Y a Roberto, el de «Las dulzuras del limbo», que acaba envuelto en una situación amorosa ambigua y ciertamente liminal. Y hasta en el texto que irónicamente se llama «Revelación», nunca queda claro qué clase de talento es el que tiene el supuesto adivino. En «Higiénica entrega», el tema de la incertidumbre adquiere implicaciones más amplias y más angustiosas al darle una vuelta de tuerca al discurso de Romeo en el balcón de Julieta: «What’s in a name?».
        La incertidumbre es parte de la vida y de lo vital. No corresponde a la claridad platónica de las formas inertes, sino a la corruptibilidad de las estructuras celulares. Aceptar la presencia de la incertidumbre es reconciliarse con la experiencia de lo orgánico. Y aquí es donde se forma la bisagra axial de la obra de Juan Antonio Rosado: por un lado la incertidumbre; por el otro, el tema del cuerpo como objeto en sí. ¿No es cierto que toda la gran literatura erótica se forma, de manera semejante, a partir de estos dos elementos: la incertidumbre y la experiencia fenoménica del cuerpo?
        Una de las dos conciencias que forman al protagonista de «Prótesis» declara su completo desinterés sobre cualquier parte de la amada que no sea su cuerpo. El ser de ella se reduce para él a dos elementos: nalgas y pechos. Cerca del final, él mismo lo explica: su cuerpo es «la representación más palpable de lo espiritual. Sin la belleza, el supuesto espíritu no podría mostrarse, quedaría reducido a un concepto, a meras palabras». En efecto, para los personajes de Rosado, como para William Blake, el cuerpo es la parte visible del alma. Es un cuerpo lo que las muchachas de «Luces opacas» van siguiendo; es sólo a través del cuerpo como el burócrata de «Vuelta de paseo» se experimenta vivo; es un cuerpo desintegrándose el centro de «El nombre en el espejo»; es, finalmente, el cuerpo la única respuesta posible a la pregunta de Romeo: ¿Qué hay en un nombre? Un cuerpo, tan sencillo como eso.
        Esta espiritualización integradora de la carne, que tiene lugar en la incertidumbre y genera a su vez incertidumbre, se lleva hasta sus últimas consecuencias en tanto retorno a lo orgánico, al humus, cuando uno de los personajes designa el excusado como «el lugar más filosófico del hogar».
      Rosado demuestra que no sólo es un ensayista lúcido y riguroso —libros como El engaño colorido (2003) y Bandidos, héroes y corruptos(2001) lo demuestran—, sino también un narrador capaz de articular en sus relatos una visión orgánica del mundo. En conclusión, Las dulzuras del limbo es un libro complejo y perfectamente consecuente con sus propios postulados. Es un libro muy consciente de sí y a la vez lleno de profundidades; es, en primer lugar, el documento de un escritor.

 


El éxtasis del limbo

Marcela Solís-Quiroga

Si bien es cierto que muchos ensayistas y académicos se dejan absorber por completo por el escrutinio racional y la labor casi mecánica del analista, Juan Antonio Rosado (México, 1964) es una de las pocas y agradables excepciones, ya que, al ser capaz de moverse en diversos ámbitos, se desarrolla no sólo como uno de los críticos literarios y ensayistas más serios de la actualidad, sino también como un narrador sólido, en cuyas historias existe una representación de la vida con la complejidad de sus avatares, tantas veces inverosímiles o absurdos.
        El primer libro de cuentos de Rosado,Las dulzuras del limbo(Editorial Praxis, 2003), se nos revela como una obra vital, en tanto que las circunstancias extremas que se narran en cada texto entrañan muchos aspectos de lo humano que hemos dejado de percibir no sólo por la cotidianidad sino, quizá, también por el miedo a vernos como individuos. Desde la portada, ilustrada con una obra de José Luis Cuevas, podemos advertir que se trata de un libro de confrontaciones, por lo que no nos debe extrañar que, lejos de constituirse en una unidad temática, cobre vida en la diversidad. Podríamos decir que la fuerza de Las dulzuras del limbo se halla en que sigue la tradición de la ruptura a la que aludió Paz para hablar sobre la era moderna. Sin lugar a dudas, los personajes de Rosado son producto del ritmo de vida urbana, de ese aliento perdido en la cíclica confusión que, a pesar de sus giros, nunca aparece como la misma. Los temas de los nueve cuentos son herencia de una mirada en medio del caos ordenado de la gran urbe: el tedio de vivir en el anonimato, la prostitución, el amor y el erotismo sentidos desde la piel de la transgresión, la ciencia ficción, la tecnología…, temas que, a fin de cuentas, se entrelazan en un continuo vital: el cuerpo que irrumpe en otros cuerpos.
        Lo corpóreo, lo tangible, resulta fundamental en la prosa de Rosado, en ese universo donde la realidad, las circunstancias, cobran vida propia, al adquirir múltiples texturas en cada una de sus contradicciones. La búsqueda de los personajes por llegar al otro se convierte, si no en obsesión, sí en objetivo. La otredad no sólo puede provenir de la imaginación, sino que encuentra su máxima manifestación en la carne: «yo al menos —dice el protagonista de “Prótesis”— quiero algo más tangible: su cuerpo, que es de cualquier forma, la representación más palpable de lo espiritual. Sin la belleza, el supuesto espíritu no podría mostrarse, quedaría reducido a un concepto, a meras palabras». En este sentido, el cuerpo implica, como apariencia, como lo primero que se presenta, una primera condición para acercarse y profundizar en el otro.
        En Las dulzuras… no es extraño encontrar interrogantes existenciales abrazadas con el humor y la ironía de lo absurdo. Aunque en cuentos como «Florido Laude» la farsa y lo grotesco llegan al extremo, esto no molesta al lector porque todos los personajes son fieles a su lógica interna y, finalmente, nos hacen percibir con su autenticidad que casi siempre el hombre es caricatura de sí mismo. En «Vuelta de paseo», Arturo, el protagonista, en vías de una solución a su tedio —por cierto, inesperada—, «ni siquiera alteraba la cantidad de comida, ni la cantidad de propina, ni la cantidad de pasos que daba hacia lo más cercano del cielo y de la nada». El hecho de que Arturo se nos muestre como marioneta resulta caricaturesco y produce en el lector una mezcla de sensaciones. ¿Cuántas veces en una situación trágica nos hemos echado a reír sarcásticamente? ¿Cuántas veces nos hemos dejado de sentir nosotros mismos? Si no hallamos respuestas a una de estas preguntas en alguno de los cuentos, por lo menos recobraremos con el humor y la intensidad de la prosa de Rosado una parte de vitalidad perdida, tal como le sucedió a Claudia en «Revelación»: «Descubrí mis manos llenas de vida y me di cuenta de que las manos inutilizadas y sangrantes representaban mi abulia, mi apatía, mi desgano».
        La intensidad se presenta de modo distinto en cada relato: en unos, la tensión se encuentra en la incertidumbre, en no imaginar lo que sucederá —como ocurre en «Las luces opacas» o en «Destino de átomos»—; en otros, la fuerza del lenguaje y de las atmósferas estremece con violencia al lector hasta dejarlo atónito. Tal es el caso, a mi parecer, de «El nombre en el espejo», cuyo personaje principal es una prostituta de los barrios bajos de la ciudad de México. En este mismo tono, pero otro estilo, encontramos la historia de la joven prostituta de «Higiénica entrega», quien deja de ser, sólo por unos instantes, el simple objeto del deseo de uno de sus clientes más asiduos. No obstante, su condición de puta no la salva del anonimato: «Las putas no tienen rostro» y «hay cosas perfectamente sustituibles y […] los cuerpos son una de ellas».
        En los cuentos de corte amoroso y erótico, Juan Antonio Rosado luce sus habilidades narrativas y explota la profundidad sicológica femenina en momentos cruciales que se alejan de lo convencional. No deja de sorprendernos la maestría con que son tratadas estas obsesiones; la capacidad de hacernos vivir nuestra realidad extática a partir del éxtasis del otro. Las dulzuras del limbo, tanto el cuento que da título al libro como el libro en su totalidad, nos muestran, desde el límite de lo ilimitado, algunas posibilidades con que enfrentamos la incertidumbre que sazona cada día, nos recuerdan que no todo polvo blanco es sal o azúcar, que cada dulzura tiene su violencia.

 

Un espacio limitado por las paredes del deseo

Andrés Márquez

Cada género ofrece dificultades distintas al escritor; en el caso concreto del cuento, ofrece dificultades como la necesidad de espacios concretos, situaciones precisas y, sobre todo, de una visión panorámica para saber en qué punto se debe terminar o cuándo hacer que sucedan los hechos. En cambio, para la lectura, el cuento es uno de los géneros más nobles; su brevedad lo vuelve dócil, su lenguaje lo vuelve un agasajo y su historia puede volverlo inolvidable. Así sucede con los cuentos que Juan Antonio Rosado nos presenta en Las dulzuras del limbo.
       Nos enfrentamos a un libro extraño en el que los cuentos parecen estar reunidos más por el misterio que por la idea misma de construir un libro de cuentos, los textos flotan en un ambiente delicioso, pero a veces agreste como el sabor de los fluidos corporales; en este sentido, nos enfrentaremos a un libro enigmático en el que cada página se vuelve un mensaje que el lector debe descifrar, como el código secreto que el autor plantea para llevarnos por los caminos de la seducción, del erotismo, de la vida, de la muerte, de las paradojas, de las dulzuras del limbo. 
        El libro no es predecible; de hecho, al voltear la página y terminar un cuento nos encontramos parados al inicio de un enigma nuevo: ¿qué tipo de texto será el siguiente? Podemos brincar del erotismo a la ciencia ficción, de los laberintos al arte oracular de un volcán, de dormir al filo de la muerte en el borde de una azotea a observar la furia de una prostituta de barrio bajo cuando es engañada por un cliente que decide no pagar; nos enfrentamos a un ambiente distinto en cada página. Sin embargo, las diferencias de los cuentos no hacen del libro un trabajo disperso, sino producen un sentido de unidad general cuya constante es el lenguaje, el estilo propio de su autor que sabe de técnica y confía en sus desarrollos o sus elusiones.

 

Lo agrio de la dulzura

La primera dulzura es el lenguaje y las imágenes precisas. Los cuentos de Las dulzuras... nos enfrentan con un escritor antes que un narrador, alguien que copula con las palabras y las lleva hasta el paraíso: «Frente al baño que guarda perfumes y hedores de todos los tiempos, la voz entrecortada se mezcla con el incesante rechinido del catre. Sudor atrapado entre cuatro paredes deterioradas por la humedad y el tufo del tabaco. El ansia de seguir y no poder. Trémulo, tratar de navegar sobre ese vello púbico vestido de rojo y negro, sobre ese triángulo que devora la carne con su boca peluda. Mover el culo como una máquina. Grotesco estremecimiento ante sus ojos desorbitados por la velocidad del placer. Los testículos embadurnados de sangre. Los muslos salpicados de sangre».
        Así vemos cómo estas líneas de «El nombre en el espejo» nos transportan al cuarto —¿en verdad será un cuarto o tan sólo un espacio limitado por las paredes del deseo?— en el que tiene lugar un acto de placer, el coito puro. Pero hay algo más en esa habitación, en ese catre, en ese párrafo: hay una escritura de sensaciones que logran proyectarse en el lector, el narrador no permanece sólo como un espectador más, pero tampoco es un actor, es un escritor que en la piel siente lo que escribe; afortunadamente, no es una impostura. Juan Antonio Rosado logra apoderarse de las muchas sensaciones del cuarto para crear la ambientación decadente, poco dulce, agria. 
       Y no es el único caso; en otros cuentos como: «Prótesis», «Higiénica entrega» o «Revelación» sucede parecido; el lenguaje es poético y se eleva hasta alcanzar momentos exquisitos, pero esa exquisitez se hace agria por las palabras que contiene. Es una escritura dulce, pero colmada de la acidez que lleva a momentos de conmoción constante, de dolor delicioso. Aquí radica la mayor fuerza del libro: en las imágenes ácidas que recrean ambientes decadentes, oscuros, pero a su vez colmados de deseos.

 

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