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Las cuatro tareas de Uno, de Rebeca Mata y Verónica Valdés. 128 págs.
 

Rebeca Mata y Verónica Valdés: Las cuatro tareas de Uno

 

Juan Antonio Rosado

 

¿Qué niño o adolescente no sintió, aunque tan sólo por instantes, miedo o cierta reticencia hacia las matemáticas o la geometría? Rebeca Mata y Verónica Valdés han novelado con fluidez, amenidad e imaginación un mundo lleno de situaciones en los reinos de la aritmética y la geometría, conectadas con los mitos clásicos o literarios. El epígrafe de Voltaire: «Se advierte entre los matemáticos una imaginación asombrosa» refleja las motivaciones de esta novela.

 El señor Aritmético ocupa su trono para que el paje Numeral le anuncie la llegada de la reina Geometría. La primera situación de conflicto es que en distintos lados del reino hay revueltas, pero también un problema en el reino de Aritmético, justo en la aldea de las operaciones. Geometría se entrevista con Aritmético porque trae una propuesta de solución: «Creo saber quién nos puede ayudar». El segundo capítulo, al ser una retrospección, incrementa la intriga y el lector desea seguir leyendo. Aparece una serie de personajes: el Doctor Diámetro, una escolta de líneas (Perpendicular y Paralela, que como perros rastrean el peligro) y otros, como los hexágonos, que persiguen a los triángulos. Los quebrados ya habían hecho su modesta aparición en el primer capítulo.

 Entonces hace su aparición Uno (el primer número). Como es flaco, se confunde con la multitud. Uno es vasallo del rey Aritmético. Se anuncia de repente que los signos de igual han estado descontentos porque siempre hacen el mismo trabajo. Al ponerse en huelga, las operaciones permanecieron sin su signo de igual «y los resultados no sabían dónde colocarse». Aritmético le encomienda a Uno poner el orden en todos los reinos. Se le nombra caballero. Tendrá a su cargo cuatro tareas (la evocación a los trabajos de Hércules es evidente, sólo que Uno es flaco, no musculoso, pero inteligente y astuto, a pesar de que en una ocasión descenderá a los «infiernos»).

 Uno se inicia en la difícil tarea de encontrar el orden. La reina Geometría le entrega una cimitarra; Aritmético, una espada, y le dice: «Recuerda que tu mejor arma es el valor y la palabra». En efecto, ¿qué sería de las matemáticas sin las palabras? Entre los episodios más bellos, destaco el encuentro con el Cero y el encuentro con la tortuga gigante. Tras varias aventuras y peligros, Uno realiza las cuatro tareas, pero como es de mal gusto contar cómo las realiza (y también el desenlace), dejo al lector de cualquier edad para que lo averigüe de forma divertida en este viaje, junto con las hermosas y artísticas ilustraciones de Javier Muñoz Nájera.

 

La Cultura en México, de la revista Siempre!, núm. 3144, México, 15 de

sep., 2013, p. 81




 

Las cuatro tareas de Uno

Juan Antonio Márquez

 

Los Iguales se rebelan; los Polígonos enloquecen y maltratan a los Triángulos; el Cero, sin querer, interrumpe un enfrentamiento entre las engreídas Operaciones y trae una calamitosa apatía; y la línea Curva, harta de los dolores de espalda, decide recostarse sobre el horizonte. Estas escandalosas catástrofes y sus jocosas consecuencias comienzan a asolar los dominios vecinos gobernados por el rey Aritmético y la reina Geometría. En reunión urgente, los soberanos deciden nombrar caballero a Uno —un vasallo tan flaco que se confundía con la multitud— para que se aventure por los caminos de la cuadrícula, encuentre las causas de los problemas y les ponga remedio. Uno tendrá que superar sus miedos para actuar a la altura de las circunstancias, en esta historia que tiene ecos de las novelas de caballería (y del Quijote, por supuesto), los cuentos de hadas, los relatos mitológicos (como el de las tareas de Hércules), las leyendas y las fantasías dimensionales como el clásico Planolandia de Edwin A. Abbot. El ingenio y la gracia están constantemente presentes en las peripecias de Uno y su compañero, el sabio Doctor Diámetro, curador de todos los males. Es inevitable sonreír ante la escena en que los Iguales, reunidos bajo un árbol de ideas, se quejan del aburrimiento de hacer siempre el mismo trabajo con las operaciones y quieren irse de juerga. O francamente reír, cuando la refunfuñona Resta desafía a la Suma diciéndole: «¡Ah!, te crees mucho, pero no eres mágica ni desapareces los números como yo». La imagen de Uno, tan golpeado por seis Cuadrados que parece un siete, dialoga llena de chispa con la de los Polígonos sorprendidos que exclaman «¡estamos hechos de triángulos y no lo sabíamos!» o con la de la golosa Multiplicación que quiere pasársela consumiendo refrescos y comida chatarra. Si Voltaire dijo —como aparece en el epígrafe— que entre los matemáticos se advierte una imaginación asombrosa, no cabe duda que tanto las autoras de este volumen como su paladín Uno realizan hazañas con la palabra.

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